En los dos años que tengo viviendo en Madison, me doy cuenta que en comparación con otras ciudades, la violencia
juveníl es relativamente más baja. Eso no quiere decir que no exista. Sería ingenuo pensar que no hay influencia de
las pandillas de Chicago, Milwaukee o de otras de las ciudades grandes cercanas. Aunque aún nos falta mucho, las
escuelas, la policia y las organizaciones comunitarias están tratando de trabajar junto a los padres para
contrarrestar los efectos delictivos juveniles.
La violencia entre los jóvenes adolescentes tiene diferentes matices. Existe presión del grupo, racismo, conductas
de moda, y otros muchos factores que afectan constantemente a nuestros hijos. Los efectos de esta presión se
notan inmediatamente en el hogar. Es entonces cuando los papás y las mamás nos comenzamos a decir, ¿qué
hicimos mal?, 'pero si no le falta nada'. Le echamos la culpa (no injustificadamente) a la televisión, las revistas, la
música esa, las películas, en fin, a los medios masivos. Sin embargo, eso es sólo la punta del iceberg. El problema
es más complejo de lo que creemos.
El usar la violencia emocional o física, se utiliza porque funciona. Quienes abusan del poder lo hacen para obtener
sus propósitos egoistas. A las personas maduras y con experiencia, la vida les ha enseñado a negociar, a hacer uso
del dialogo, a identificar más claramente los problemas, y a usar las palabras adecuadas para describir los
sentimientos. Los adolescentes, al verse con tamaño, apariencia de adulto, y al empezar a experimentar ciertas
conductas de adulto, tales como el tener que tomar decisiones por ellos mismos, carecen de las habilidades y la
sabiduría para manejar sus propias vidas. El resultado es de frustración, y sus reacciones buscan una solución más
inmediata sin darle mucha importancia al futuro.
Se sienten indestructibles y por eso no le ven mucho peligro a usar drogas, alcohol, o a tener relaciones sexuales
"experimentales". Algunos después de los años logran controlarse y superar esa etapa, otros lamentablemente,
pasan a vivir adictivamente y con las consecuencias de sus decisiones negativas por el resto de sus vidas.
Lo peor es que como cada persona es independiente, los padres no podemos controlar todo lo que hacen nuestros
hijos. De modo que no sabemos el desenlace de sus vidas. Por lo pronto, lo que sí podemos hacer es: orar por ellos
constantemente, darles ejemplo positivo de fe y conducta, darles muestras bienvenidas de cariño y amor, ser
pacientes, tratar de entender que aún no son adultos, y no ignorar su comportamiento pero hablar de ello
calmadamente. A veces su conducta en el hogar es un grito desesperado por ser oidos, y no saben ni como decir lo
que sienten o por lo que están pasando. Para mucho jóvenes, quienes creen que ya pueden "hacer lo que les dá la
gana", es importante recordarles en amor, que la independencia y el respeto se ganan, y que, lamentablemente
para ellos, mientras sean menores de edad y viviendo bajo nuestro techo, existen normas las cuales hacen bien en
recordar y hacerles partícipes de ellas. Las normas traen orden, estabilidad y previenen el caos y la locura.
Lo mejor que podemos hacer como padres es darles el ejemplo y hablarles de los valores, del tomar
responsabilidad por nuestros propios actos, que el problema de uno es problema de todos, de la importancia de los
amigos de buena influencia, y que siempre estamos para escuchar, aún cuando nos duela lo que oimos. Si usted
piensa que necesita ayuda profesional, no vacile, búsquela pronto. Los muchachos están con nosotros por muy poco
tiempo. Por sobre todo, ¡nunca se olvide de Dios!
Hoy también les dejo con un pensamiento bíblico para su reflexión:
Alégrate, joven, en tu adolescencia, y tenga placer tu corazón en los días de tu juventud. Anda según los caminos
de tu corazón y según la vista de tus ojos, pero ten presente que por todas estas cosas Dios te traerá a juicio.
Quita, pues, de tu corazón la ansiedad, y aleja de tu cuerpo el mal; porque la adolescencia y la juventud son
vanidad. Eclesiastés 11:9,10

¿Hijos rebeldes? No extraña, ¡pero incomoda!
Por el Rvdo. Pedro M. Suárez