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"Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y querrá al otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No se puede servir a Dios y a las riquezas." San Mateo 6:24 Más que fe, más que amor, más que oración, más que las tres combinadas, Jesucristo nos habla de nuestra relación con nuetras "cosas". ¿Por qué? Porque él sabe que unos de sus más grandes rivales y competidores por nuestro corazón, son nuestras posesiones materiales. En un artículo anterior les contaba sobre el amor hacia otra persona y como nos afectaba el que no fuese recíproco. Bueno, la lectura evangelística de hoy nos lleva a revisar nuestro amor a lo que poseemos, y como está en conflicto con nuestra relación con Dios. Si no creen que es cierto, piensen en la cantidad de "cosas" que muchas personas ponen de primero un Domingo antes de ir a su iglesia: el dormir bastante (aunque no lo necesitemos), el salir a pasear, el deporte, el carro, salir a "comprar", ir a divertirse, un entretenimiento o juego, una película, y así sucesivamente. En un artículo médico leía sobre los peligros del envenenamiento con monóxido de carbón. Nuestras células rojas de la sangre fueron diseñadas para unirse con las moléculas del oxígeno. Respiramos oxígeno, y este se relaciona con las células rojas, luego esas células rojas llevan el oxígeno a todas partes del cuerpo. El problema con el monóxido de carbón es que nuestras células rojas se pegan más rápido con estas que con el oxígeno, y de esta manera no hay lugar para que el oxígeno se relacione con las células rojas y no puede ir a ninguna parte del cuerpo. Así que, si les dan a escoger, las células rojas escogen aquello que nos mata en vez de aquello que nos mantiene. ¿A quién se parecerán…? Nuestro corazones fueron diseñados para relacionarse con Dios, y esa relación mantiene y le dá fuerzas a nuestra alma y nos reparte vida y salud. Pero las oportunidades que tenemos a nuestro alrededor, sobre todo en esta sociedad tan consumista, nos conllevan a enamorarnos de otras "cosas". En estos días me llegó uno de esos correos electrónicos inspiracionels, que me puso a pensar por un momento. Preguntaba si nos acordábamos de aquellos días cuando no teníamos teléfonos celulares, ni computadoras, ni internet, ni juegos de video, ni carro, ni cable de televisión con tantos canales, ni DVD, ni VCR antes del BETA y eso, ni siquiera dinero para comer en restaurantes tan a menudo, sino que ir a comer afuera era un lujo, ¿se acuerdan? Pues, ¿qué nos pasó? Nada de eso era necesario y sin embargo buscábamos la manera de ser felices. Tal parece que compartíamos más tiempo con nuestros amigos. Los abuelos nos contaban cuentos y nuestra imaginación volaba. Ir a la iglesia, era algo especial y en muchos casos era central, lo más resaltante de la semana. Todavía hay gente que pregunta ¿por qué hay que dar dinero en la iglesia, acaso Dios necesita de nuestro dinero? La verdad es que Dios no necesita de nuestro dinero. Nosotros somos los que necesitamos "dar". El lo que quiere es nuestro corazón. El dar dinero en nuestras iglesias es una señal de agradecimiento y amor a nuestro Señor, quien obra de manera extraordinaria por medio de los diferentes ministerios en la ciudad. El quiere nuestro corazón y sabe que frecuentemente nuestras "cosas" se interponen entre El y nosotros. Muchas veces dejamos que nuestras posesiones nos posean. Y la muerte de nuestra espiritualidad es un alto precio que pagar por querer más nuestro entretenimiento y nuestras "cosas" que a Dios. Si no lo cree, piense que tan chiquito se ve un billete de $50 en el Mall y que tan grande se ve en la iglesia (cuando se ve). ¿Dónde están nuestras prioridades? Jesús también dijo que donde esté nuestro tesoro, allí también estará nuestro corazón. Oremos. Señor, ayúdanos a administrar los bienes materiales que nos has dado junto con nuestros empleos, para que suplamos nuestras necesidades, descansemos, nos divirtamos, pero que nunca nos olvidemos de ti. Permite que tu Espíritu nos guíe a darte la prioridad siempre y a tener el balance que nuestras vidas necesitan. Amén. |
El costo de querer tanto a nuestras cosas Por el Rvdo. Pedro M. Suárez |