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De vez en cuando pasan ciertos hechos en la humanidad, que marcan el curso de la historia. Parece que en los útlimos cuatro años, hemos vivido un número sustancial de estos eventos. La semana pasada recordábamos los del 11 de Septiembre, junto con la tragedia del Tsunami en Asia (que aún está fresca en la memoria también), y ahora Katrina. Parece mentira que ya hace cuatro años que nos sentimos tan frágiles al ver las torres gemelas de Nueva York desplomarse como castillos de arena. Con mucha razón podríamos gritar, ¡hasta cuando! Fínjense lo que ese acto terrorista suscitó: La capital de este país también fué atacada. Más de 3 mil personas perdieron sus vidas. La silueta de Manhattan cambió para siempre. El centro de comercio de 150 países fué destruido completamente. La economía mundial se vió en graves aprietos. Se comenzó una guerra en Afganistán contra el Talibán, y en Irak contra Saddam. Y, constantemente estaremos luchando por la seguridad durante muchos años por venir. Viendo a Katrina, encontramos otra serie de sucesos en movimiento: Aún no se sabe cuantas miles de personas murieron. 90 mil millas cuadradas de Estados Unidos fueron destruidas. 160 mil hogares han sido destruidos. 1 millón de residentes en Estados Unidos han sido reubicados. 6 mil camas de hospitales se eliminaron en una ciudad principal. El 80 % de Nueva Orleans fue inundado. Miles de niños están asistiendo a escuelas en otros estados de la nación. 100 mil militares, guardias nacionales, y policías han sido desplegados. Un estrés al borde de los límites humanos lleva a dos policias a quitarse la vida. Estos son hechos a grandes rasgos, sin ni siquiera mencionar las miles de personas aquí, y en otros países, a quienes Katrina les ha cambiado sus vidas para siempre. Habían familias en otros países que dependían de algunos trabajadores en esa área del golfo. Por otro lado, ¿cómo podemos calcular el impacto emocional y espiritual? Sólo Dios puede entender y saber esos asuntos. Sin embargo, tratamos de buscar respuestas y entenderlo nosotros. Hechos como el de 9/11 y el huracán Katrina nos llevan a hacernos muchas preguntas. ¿Por qué tienen que sufrir los inocentes? ¿Dónde estaba Dios cuando todo esto pasaba? Entonces, ¿qué hacemos cuando la naturaleza nos sorprende trágicamente, o cuando otros seres humanos realizan actos de maldad verdaderamente mounstrosos, y Dios parece tan y tan distante de nosotros? ¿Quién tiene el contról, la naturaleza, otros seres humanos, Dios, …quién? Primero, me gustaría que le diéramos un vistazo a la naturaleza. La naturaleza fue creada por Dios quien le dió libertad de actuar. La madre naturaleza tiene el poder de crear, pero también de destruir. Ella facilita las condiciones para la vida, pero también para la muerte. Si la gente no muriera, hubiera caos. La muerte de personas, tanto buenas como malas, es necesaria para la subsistencia en el planeta y para que haya cabida a más personas a que nazcan. La muerte es fea, a veces bienvenida, pero no deja de doler. Otras veces la muerte es repentina, trágica e indeseada. Pero todo es parte de un proceso de la vida, y la muerte es parte natural de ella. Ya basta de pensar que todo lo doloroso es castigo de Dios, eso es simple y sin fundamento. No, el desastre y la tragedia no son voluntad de Dios, pero son permisibles por El para que la naturaleza prosiga su curso. Los huracanes limpian el medio ambiente de contaminación, renuevan la tierra y reclaman terreno oceánico entre otras cosas. Nuestro planeta es violento y sumamente poderoso. A medida que le conocemos mejor, tenemos mayor oportunidad de protejernos de sus actos. En segundo lugar, hay tragedias que podrían ser prevenidas. El 3 de septiembre pasado, Maureen Dowd, del New York Times, escribió un artículo titulado "United States of Shame", donde decía que desafortunadamente, la tragedia de Nueva Orleans NO fué algo inesperado, contradiciendo palabras del presidente Bush. Hace sólo un año, científicos, grupos ambientalístas, líderes empresariales, e ingenieros del Ejercito de los Estados Unidos después de un largo proceso investigativo, presentaron y recomendaron el proyecto Lousiana Coastal Area. Era un projecto costoso, ciertamente, de 14 mil millones de dólares a ser dispersos a lo largo de treinta años. Pero la administración del gobierno nacional lo negó. Y el congreso, no puso objeción. Por su parte Walter Maestri, el jefe de a agencia federal del manejo de desastres (FEMA) para la parroquia de Jefferson, le comentó al periódico Times-Picayune de Nueva Orleans: "Parece que el dinero ha sido reubicado en el presupuesto del Presidente hacia el manejo de la seguridad nacional y la guerra en Irak, y supongo que ese es el precio que tenemos que pagar. Nadie aquí está contento de que los diques no puedan ser terminados, y haremos lo que podamos para hacer de esto un caso de seguridad para nosotros." Lamentablemente, la lucha de esos grupos no fue suficiente. Eso nos lleva a hacer otra gran cantidad de preguntas sobre nuestra seguridad. La intención aquí no es de apuntar con el dedo a nadie, sino analizar los hechos para aprender y superarnos tomando acción. Sabemos que no todo lo que nos puede destruir es producto de la política externa o interna. No queriendo decir con esto que la amenaza de otros seres humanos, no sea real. Los conflictos no resueltos producen destrucción. Lo cierto es que, antes de finalmente echarle la culpa a Dios por las tragedias, debemos darnos cuenta que mucho puede ser prevenido humanamente, y en otros casos hay culpables humanos, bien sea que estén identificados o no. Hay algo de lo que sí podemos estar seguros: Dios siempre está con nosotros. Parece que es en el dolor cuando más sentimos su presencia. Así que, vaya esta oración a El, en medio de la adversidad y la confusión: Señor, no sólo oramos por quienes ven sus vidas bajo las sombras de los desastres recientes, pero también por aquellos quienes tambalean en su fe; por quienes están desolados y atemorizados en medio de la tragedia; por los heridos, enlutados, y los destituidos. Encomendamos a tu cuidado a los que buscan ayudar y sanar al herido, y consolar al doliente. Sólo de ti pueden venir palabras de ánimo y salida a su oscuridad. Contesta, Señor, sus preguntas y asugúrales que aunque el desastre no es de tu voluntad, tú estás presente en su dolor, y les puedes ayudar a conseguir propósito, esperanza y paz nuevamente. Dános fuerzas, sabiduriía, y valor para denunciar las injusticias, luchar por lo recto, así como anunciamos tus buenas noticias, trabajando en la restauración. Te lo rogamos por Jesucristo, tu Hijo nuestro Señor, quien vive y reina contigo, y con el Espíritu Santo, un solo Dios por los siglos de los siglos. Amén. |
Ante las tragedias tenemos más preguntas que respuestas Por el Rvdo. Pedro M. Suárez |