En 1978 tuve la oportunidad de visitar los Estados Unidos por segunda vez. Dio la casualidad que vine a dar a
Wisconsin. Cuando joven me involucraba mucho en campamentos y retiros juveniles y de niños. Así que, un
campamaneto llamado Timber Lee Christian Center, en el pueblo de East Troy, WI me invitó a que fuese un
consejero de intercambio internacional. En ese entonces no se me hubiese cruzado por la mente que algun
día, 24 años después, haría de Wisconsin mi residencia y con un ministerio que incluye varios retiros y
campamentos al año. Ciertamente Dios obra de maneras misteriosas.
En fin, ese fue un verano maravilloso para mí debido a esa experiencia de campamento. Pude aprender
mucho de mis compañeros consejeros, de los niños, de la naturaleza, y me acerqué a Dios. Eso fue muy
significativo porque había perdido a mi mamá el año anterior. Su muerte fue muy repententina y luchaba con
respecto a mis sentimientos hacia Dios. ¿Por qué Dios se la había llevado cuando más la necesitaba? Sólo me
faltaban dos exámenes finales (matemática y química) para graduarme de la secundaria, y ella muere sin
poder darle mi diploma. ¡No era justo! Me quedé como un barco a la deriba. Todo ese año luché y ni siquiera
quería hablar con Dios ni ir a la iglesia.
En ese campamento de verano en Wisconsin, viví experiencias que me pusieron a reflexionar. Algunas de las
actividades eran de arte con artesanías en arcilla y otros materiales. Recuerdo que para animar a mis grupos
de acampantes, escogí trabajar en un ratoncito de cerámica. Era un ratoncito bien gracioso y simpático.
Durante semanas lo formé, lo pinté muy cuidadosamente, y finalmente lo lleve al horno. Estaba super
orgulloso de mi ratoncito. Lo había pintado con ropa como la mia, y como en aquel tiempo yo usaba un bigote,
pues le dibujé un bigote como el mio (y hasta tenía barriguita).
Al terminar el verano estaba listo para regresar a Venezuela, así que empaqué mi ratoncito muy
cuidadosamente. No me aguantaba las ganas de persumir mostrándoselo a todo el mundo, en especial a mi
papá. Lo primero que hice al llegar fue enseñarle mi simpático ratoncito a mi papá. Todos estábamos muy
emocionados, tal vez demasiado emocionados, al punto que después de cinco minutos el ratón se le resbaló
de las manos a papi cayendo al piso despedasándose en mil pedazos. Estaba totalmete perdido, era imposible
de reparar.
Me sentí tan mal por mi papá, no tanto por mi ratoncito. Claro que lo iba a extrañar, pero la tristeza en la
cara de mi papá no la podía soportar. Nos abrazamos y lloramos juntos al consolarnos el uno al otro.
Al reflexionar sobre ese incidente, me doy cuenta que los sentimientos son mucho más importante que las
cosas materiales. El amor está por encima de todo, nos consuela, y completa todo. Existen problemas en la
vida que no tienen solución, pero el amor es permanente. Qué bueno es para mí saber que Dios siempre está
con nosotros, para hacer eso, para amarnos sin medida ni reserva, a pesar de ratoncitos rotos, o mamás
perdidas.



Mi Simpático Ratoncito
Por el Rvdo. Pedro M. Suárez